La Carta by Pedro Lirola

Carta para Arquitectos

Domingo. Ocho de la tarde. Suena el móvil.

«Pedro, llámame. Es muy urgente».

El corazón se me disparaba. La ansiedad iba subiendo. Llamaba.

Y no era urgente. Podía esperar perfectamente al lunes a las diez de la mañana.

Era una reforma integral, un chalet enorme. Unos propietarios con aire de grandeza: un quiero y no puedo, y yo en medio. Por aquel entonces no tenía bien definidos ni los contratos ni los límites, así que se pensaron que era su esclavo. Mensajes a cualquier hora, cualquier día. Me discutían todo.

Una vez me reclamaron porque había puesto que la casa iba a tener 2,60 metros de altura y se había quedado en 2,595.

«Pedro, ¿y ahora qué?».

Hoy todavía recuerdo su voz como si me lo estuvieran diciendo ahora mismo. Y eso son solo los detalles. Imagina la obra que me dio.

Ese cliente fue la gota que colmó el vaso. Acabé en una depresión.

Hoy elijo yo a mis clientes, y no ellos a mí. Con cuatro o cinco al mes facturo como si tuviera treinta, y con decenas de problemas menos.

Esta carta va de cómo pasé de una cosa a la otra. Y de todo lo que me ha pasado por el camino, que no ha sido poco.

Empecé en «el zulo»

Terminé la carrera y me fui a hacer unas prácticas a Nueva York. Allí descubrí que no quería trabajar para nadie, y que en cuanto volviera a España montaría mi propio estudio.

Y eso hice. Desde la habitación de casa de mis padres. Mis hermanos la llamaban «el zulo». Desde allí trabajaba mi marca y mi presencia online para que pareciera que tenía un gran estudio. En realidad éramos mi ordenador y yo.

No tenía dinero, así que me puse a vender casas en una inmobiliaria para poder seguir luchando por el estudio. Sin saberlo, aquello me enseñó a conocer la calle y cómo se movía el sector.

Mi primer proyecto fue la cocina de una amiga. No sé si fue por caridad o porque confiaba en mí de verdad, pero quedó encantada. Le hice tantas fotos que no creo que haya un ángulo de esa cocina que no tenga fotografiado.

Ahí empezó todo. Luego vino una reforma pequeña. Luego una más grande. Luego una casa. Y hasta hoy: más de diez años y más de sesenta proyectos.

Las hostias

No te voy a contar que todo fue bien. Me he equivocado mucho, y caro.

Llegué a tener 22 empleados. Me creía que mi estudio era Google: nos traían el desayuno, había mesa de ping-pong y estuve a punto de contratar una masajista para el último viernes de cada mes. Menos mal que no lo hice.

El trabajador en el que más confiaba me robó. Usaba mi nombre y mis cuentas en proveedores para sacar material y hacer sus propios trabajos fuera. Tardé dos años en darme cuenta. Lo despedí y, como esto es España, tuve que pagarle más de 5.000 euros de finiquito.

Monté una constructora sin estructura técnica. Entraban tantos proyectos que me sentía invencible y quise más pastel. Contraté trabajadores de obra antes de tener la estructura para dirigirlos. El descontrol fue total. Perdí más de 100.000 euros.

He pensado en dejarlo decenas de veces. Durante la depresión, muchas. Después, unas cuantas más.

No lo he dejado porque amo demasiado la arquitectura. Entrar físicamente en un espacio que solo existía en mi cabeza es un momento mágico. Y porque me di tantas hostias tan pronto que aprendí a dirigir el estudio hacia donde yo quiero y como yo quiero, con sistemas y procesos, para que no sea un suplicio.

El día que doblé mis honorarios

Hubo un momento en el que tenía decenas de clientes al mes, con sus decenas de problemas, y a final de mes aquello no rendía.

Así que tomé una decisión: doblar mis honorarios. Así, en frío.

Pero no subí el precio de lo mismo. Reestructuré todo el estudio para que el precio nuevo tuviera sentido: la imagen, cómo entregaba los proyectos, cómo presentaba los honorarios, cómo definía cada encargo.

Menos mal que lo hice. Hoy me entran clientes acordes a esos honorarios. Y el cliente que paga de verdad por tu trabajo no tiene tiempo de discutir por medio centímetro. Ya tiene sus propios problemas. Te ha contratado porque confía en ti, y lo último que quiere es estar encima de ti.

Atraes lo que mereces. Si te ven como alguien barato, te tratan como a alguien barato.

Si tuviera que resumir lo que hago distinto en una palabra, sería esa: valorarme. Sé lo que valgo, lo transmito y consigo que el cliente me respete. Con los años me he forjado un radar antiestúpidos que me ahorra miles de disgustos al año. Y seguramente bastantes euros.

Qué es la Carta

Una vez a la semana te escribo una carta. En cada una te cuento algo que me ha pasado de verdad, lo que aprendí y lo que haría yo si estuviera en tu lugar.

Sin cursos. Sin vídeos que nunca vas a ver.

Algunas de las cosas que te vas a encontrar:

Cómo subir honorarios sin miedo a quedarte sin clientes, y cómo los presento yo.

Cómo detectar al cliente problemático antes de firmar con él.

Qué poner en un contrato para que un domingo a las ocho de la tarde sea tuyo.

Cuándo contratar, a quién, y cuándo no hacerlo de ninguna manera.

Qué haría hoy si volviera a montar una constructora.

Los números reales de las promociones de viviendas que estoy construyendo ahora mismo.

Una carta. Diez minutos de lectura. Algo que puedes aplicar en tu estudio esa misma semana.

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(Imp. incluidos) · Sin permanencia · Te das de baja cuando quieras

Un solo cliente mal elegido te cuesta mucho más que un año de cartas. Yo lo sé bien. A mí uno me costó la salud.

Y no quiero escribir para miles de personas que la abren de vez en cuando. Quiero escribir para arquitectos que van en serio con su estudio.

Para quién no es

No es para estudiantes ni para quien busca trucos de software. Tampoco para quien quiere que alguien le diga que todo va a salir bien sin cambiar nada.

Es para arquitectos con estudio propio, o a punto de tenerlo, que están cansados de trabajar mucho, cobrar poco y aguantar demasiado.

Lo que le diría al Pedro de hace diez años

No tomes decisiones precipitadas.

Ante una mala situación solemos decidir rápido porque creemos que no hay otra salida. Y casi siempre esas decisiones nos llevan a algo peor a largo plazo. Respira, busca otros puntos de vista y entonces decide.

Esta tampoco tiene que ser una decisión precipitada. Lee la primera carta. Si no te sirve, te das de baja y no pasa nada.

Si te sirve, nos leemos cada semana.

Pedro Lirola

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Unas cosas claras antes de entrar

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Es una publicación semanal escrita por mí. No es un curso, una mentoría ni un servicio de consultoría individual. El compromiso es una carta útil, basada en mi experiencia, no un número fijo de páginas ni una plantilla nueva cada semana.

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¿Y si todavía estoy empezando?

Puedes leerme. Muchas de estas decisiones me habría venido bien entenderlas cuando estaba empezando. Eso sí: no es una formación técnica de arquitectura ni sustituye la experiencia profesional. La muestra te ayudará a decidir si este es tu momento.

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